tiempo en compañía de los árboles, de los pájaros,
del viento... Su vida transcurría entre las obligaciones diarias y unas largas
y placenteras estancias en el bosque que rodeaba su casa. Se sentía un ser
especial. Muchas veces había hablado a sus compañeros de clase, cuando aún
asistía a la escuela, de lo bien que se lo pasaba sola en aquel bosque, aunque
siempre la miraban burlones y se reían.
Pasaron días y días,
semanas, incluso meses, y no conseguía verlo otra vez. Aun así, sabía que allí
se encontraba, y seguramente no estaba sólo. Su querida abuela le contaba
muchas historias de duendes y hadas, y por eso la pequeña, tratando de
averiguar, le preguntaba insistentemente sobre aquellos cuentos. Tanto
perseveró
en el tema, que llegó el
día que la buena mujer quiso saber el motivo del interés excesivo de su nieta,
pero no logró sacarle ni una palabra ni media.
Creía la niña que, como
en las viejas historias que le narraban, si guardaba el secreto de su
misterioso encuentro, lo salvaría de todo mal, consiguiendo así, posiblemente,
ver de nuevo a aquel duende. Seguía pasando el tiempo, y nada. Pero no por ello
perdía las esperanzas de volver a ver al pequeño ser, cazado por su vista de
aquella manera tan rara. Y aunque a lo mejor no te lo creas, el tiempo le
proporcionó una nueva oportunidad, que vivió con mayor intensidad y emoción que
la vez primera.
Cierto día sintió como
un estremecimiento que le llegaba muy dentro del alma. Y, ahí estaba. Pero no
estaba solo, pues tres más iguales a él le acompañaban. No se asustaron, sino
que cuando ella se acercó para decirles algo, se fueron, despidiéndose con la
mano mientras se alejaban. Ya nunca más logró verlos. Pero, ¿sabes?, no me
importa, porque sé que allí siguen todavía y tal vez algún día vuelvan a
aparecer.

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