BERGANZA.-«Digo, pues, que mi
amo me enseñó a llevar una espuerta en la boca y a defenderla
de quien quitármela quisiese. Enseñóme también la casa de su
amiga, y con esto se escusó la venida de su criada al Matadero,
porque yo le llevaba las madrugadas lo que él había hurtado las
noches. Y un día que, entre dos luces, iba yo diligente a
llevarle la porción, oí que me llamaban por mi nombre desde una
ventana; alcé los ojos y vi una moza hermosa en estremo;
detúveme un poco, y ella bajó a la puerta de la calle, y me
tornó a llamar. Lleguéme a ella, como si fuera a ver lo que me
quería, que no fue otra cosa que quitarme lo que llevaba en la
cesta y ponerme en su lugar un chapín viejo. Entonces dije entre
mí: ''La carne se ha ido a la carne''. Díjome la moza, en
habiéndome quitado la carne: ''Andad [G]avilán, o como os
llamáis, y decid a Nicolás el Romo, vuestro amo, que no se fíe
de animales, y que del lobo un pelo, y ése de la espuerta''.
Bien pudiera yo volver a quitar lo que me quitó, pero no quise,
por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y
blancas.»
martes, 25 de febrero de 2014
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